La travesía de Alejandro

Alejandro subió a la cubierta. A pesar de lo temprano de la hora, ya hacía calor. La tarde anterior el barco había fondeado en el puerto y había permanecido toda la noche meciéndose con la marea. Con las primeras luces del día, el capitán dio las órdenes y los remeros impulsaron la nave hacia el puerto, mientras en cubierta los marineros preparaban el desembarco de la carga. Por oriente, el cielo se iluminaba de azul pálido y rosa; por el oeste, brillaban todavía las estrellas. Se oía el rítmico chapoteo de los remos. Se dirigió hacia la proa, dondel el capitán vigilaba la maniobra.

– ¡Qué bien huele!

El capitán le contempló con burla. Al lado de Alejandro, alto y delgado, el capitán, más bajo y fornido, parecía casi cuadrado.

– A estas horas la marea arroja los residuos de la costa. Huele a basura. Seguro que eres del Peloponeso. ¿Hace mucho que no vienes a tu tierra?

– Creí que no volvería jamás, y que si volvía no recordaría nada… pero el amanecer, los ruidos…, los olores… son los mismos que cuando embarqué hace tantos años.”

Isabel Molina, Más rápido, más alto, más fuerte. (fragmento)

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